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La nueva paternidad en México aún enfrenta barreras: por qué muchos hombres siguen atrapados en el papel de proveedores

En los últimos años, la idea de la paternidad ha comenzado a transformarse en México. Cada vez es más común ver a padres acompañando a sus hijos a la escuela, participando en actividades recreativas o involucrándose en algunas tareas del hogar. Sin embargo, detrás de estos cambios persisten barreras sociales, culturales y laborales que continúan limitando la participación activa de los hombres en el cuidado de sus familias.

Aunque la figura del padre exclusivamente proveedor ha empezado a perder fuerza, la realidad muestra que este modelo sigue profundamente arraigado en la sociedad. Las largas jornadas de trabajo, la presión económica y los estereotipos de género continúan reforzando la idea de que el principal valor de un hombre radica en su capacidad para generar ingresos, dejando en segundo plano su papel como cuidador y figura afectiva dentro del hogar.

De acuerdo con María Lucero Jiménez Guzmán, investigadora del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), si bien existen avances en la manera en que los hombres viven la paternidad, la llamada «nueva paternidad», basada en la cercanía emocional y la corresponsabilidad, todavía representa más una aspiración que una realidad plenamente consolidada.

La especialista explica que las condiciones sociales, económicas y culturales en las que se desarrollan los hombres mexicanos siguen marcadas por un fuerte mandato de proveer económicamente a la familia. Esta expectativa influye desde edades tempranas y condiciona la forma en que muchos varones entienden su identidad, su éxito personal y sus responsabilidades familiares.

Uno de los cambios más importantes de las últimas décadas ha sido la creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral. Sin embargo, esta transformación no ha venido acompañada de una redistribución equitativa de las tareas domésticas y de cuidado. Aunque hoy es más frecuente observar a hombres realizando compras para el hogar, llevando a sus hijos al parque o participando en algunas actividades cotidianas, las estadísticas sobre el uso del tiempo muestran que las mujeres siguen asumiendo la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados.

Esta desigualdad refleja que los cambios culturales avanzan con mayor lentitud que las transformaciones económicas. Las familias, influenciadas por modelos tradicionales de masculinidad, continúan transmitiendo la idea de que el éxito masculino se mide principalmente por la estabilidad económica que puede ofrecer, mientras que el bienestar emocional y la participación en la crianza suelen recibir menor reconocimiento.

Para la investigadora, este modelo no solo genera desigualdad para las mujeres, sino que también tiene consecuencias importantes para los propios hombres. La presión constante por cumplir con el papel de proveedor puede provocar altos niveles de estrés, desgaste físico y afectaciones emocionales, especialmente cuando las condiciones laborales son precarias.

Jiménez Guzmán señala que, en algunos sectores productivos, como el agrícola, las exigencias del trabajo y la necesidad de mantener el ingreso familiar han llevado incluso a que algunos trabajadores recurran al consumo de sustancias como el cristal para soportar las largas jornadas laborales. Esta problemática evidencia cómo las expectativas sociales sobre la masculinidad pueden afectar la salud y reducir las posibilidades de convivencia con la familia.

A ello se suma que muchas jornadas de trabajo dejan poco tiempo disponible para compartir con los hijos, participar en su educación o involucrarse en las actividades cotidianas del hogar. Como consecuencia, numerosos hombres mantienen una relación distante con la crianza, no necesariamente por falta de interés, sino por las condiciones sociales y laborales que limitan su participación.

Pese a este panorama, la académica considera que existen señales de cambio. Las nuevas generaciones muestran una mayor disposición a construir relaciones familiares más igualitarias y a cuestionar los modelos tradicionales de masculinidad. Cada vez más hombres buscan involucrarse activamente en el cuidado de sus hijos y asumir responsabilidades compartidas dentro del hogar.

No obstante, para que esta transformación se consolide, será necesario avanzar en políticas públicas que favorezcan la conciliación entre el trabajo y la vida familiar, promover licencias de paternidad más amplias y fortalecer una cultura que reconozca el cuidado como una responsabilidad compartida entre hombres y mujeres.

Los especialistas coinciden en que construir una paternidad más cercana y participativa no solo beneficia a las madres, sino también a los propios padres, a los hijos y a toda la sociedad. Romper con los estereotipos que limitan el papel masculino dentro del hogar permitirá desarrollar relaciones familiares más equitativas, fortalecer los vínculos afectivos y contribuir a un bienestar compartido que vaya más allá del éxito económico.