El calentamiento de los océanos reduce hasta 20% anual la biomasa de peces en el hemisferio norte

El calentamiento persistente de los océanos está provocando un descenso sostenido en la biomasa de peces —es decir, el peso total de una población dentro de un ecosistema determinado— en amplias regiones del hemisferio norte. Así lo concluye una investigación liderada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y la Universidad Nacional de Colombia, publicada en la revista Nature Ecology & Evolution.

El trabajo revela que la biomasa puede disminuir hasta un 19,8% anual en zonas como el mar Mediterráneo, el océano Atlántico Norte y el océano Pacífico Nororiental. Esta reducción sostenida compromete no solo la biodiversidad marina, sino también la seguridad alimentaria mundial, dado que millones de personas dependen de la pesca como fuente principal de proteína y sustento económico.

La investigación se basó en el análisis de más de 700.000 estimaciones de biomasa correspondientes a 33.990 poblaciones y 1.566 especies de peces, con datos recopilados entre 1993 y 2021. Los científicos identificaron que el calentamiento crónico del océano es el principal factor de presión sobre la vida marina, al alterar las condiciones térmicas óptimas en las que las especies pueden sobrevivir y reproducirse.

Uno de los hallazgos centrales del estudio es que las olas de calor marinas extremas afectan de forma desigual a las poblaciones según su rango térmico óptimo. Las especies que ya habitan en aguas cálidas pueden sufrir caídas de biomasa de hasta 43,4% cuando la temperatura supera sus límites de tolerancia. En contraste, en regiones más frías, algunas poblaciones pueden experimentar aumentos temporales de hasta 176% al beneficiarse momentáneamente de temperaturas más altas de lo habitual.

Sin embargo, estos incrementos no representan una recuperación estructural. Los autores advierten que se trata de desplazamientos dentro del rango térmico disponible y no de un crecimiento real y sostenido. En otras palabras, el calor puede concentrar temporalmente a ciertas poblaciones en zonas específicas, generando una ilusión de abundancia que no refleja la tendencia general de deterioro.

Shahar Chaikin, investigadora del MNCN-CSIC y una de las autoras del estudio, explicó que el comportamiento de cada población depende de su rango térmico óptimo. Si la temperatura supera ese umbral, las poblaciones pueden colapsar; si se encuentran por debajo, pueden registrar un repunte pasajero. Esta dinámica, advierte, puede inducir a errores en la interpretación de los datos pesqueros.

El riesgo radica en que los gestores de recursos podrían aumentar las cuotas de captura al observar incrementos temporales de biomasa asociados a una ola de calor. Según Chaikin, esta decisión podría acelerar el colapso de las poblaciones si no se considera el contexto de calentamiento a largo plazo. La aparente recuperación podría ocultar un deterioro sostenido que continúa avanzando de forma menos visible.

Miguel B. Araújo, también investigador del MNCN-CSIC, subrayó la necesidad de equilibrar la lectura de estos aumentos temporales con la tendencia descendente estructural. La combinación de calentamiento crónico y fenómenos extremos cada vez más frecuentes obliga a replantear los modelos tradicionales de gestión pesquera.

Frente a este escenario, los científicos proponen adaptar la administración de los recursos marinos a través de un modelo basado en tres pilares: respuesta rápida ante eventos extremos, planificación a largo plazo que incorpore la reducción sistemática de la biomasa y una mayor cooperación internacional. Esta última es clave, ya que el desplazamiento de especies provocado por el aumento de la temperatura no respeta fronteras políticas.

La actualización de las políticas pesqueras resulta urgente en un contexto de océanos cada vez más cálidos. Las respuestas fragmentadas o centradas únicamente en el corto plazo podrían agravar la sobreexplotación y debilitar aún más los ecosistemas marinos. Anticipar la reducción de biomasa y fortalecer la capacidad de adaptación de los ecosistemas se perfila como el principal desafío para garantizar la estabilidad alimentaria global en las próximas décadas.

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