En 2026, México aprendió a pronunciar “soberanía” como quien se acomoda el cubrebocas aunque ya no sea obligatorio: por reflejo, por miedo y porque el aire se siente más pesado. En la mañanera se habla de cooperación con el vecino del norte como quien negocia con un pariente incómodo: sonrisas por fuera, cálculo por dentro. Y en las calles, el país sigue caminando con esa doble vida que ya es costumbre: de día la estadística, de noche el rumor; de día el reporte oficial, de noche el zumbido —ese sonido nuevo que no siempre viene de una moto, a veces viene del cielo.
Ahora imagina 2026 como una mala película que te atrapa porque sabes que se parece demasiado a la vida real: una operación militar relámpago, Nicolás Maduro capturado, Caracas en shock, el mundo aplaudiendo el “fin del dictador” como si con eso se borraran décadas de barro. Los titulares se irían por la foto, por el trofeo, por la escena. Pero lo que en verdad importa no es el cuerpo del dictador, sino el cuerpo del continente: quién lo controla, quién lo vigila, quién lo exprime y quién lo usa de tablero para jugar guerras que no se declaran.
La primera lección —la que no sale bonita en televisión— es que la soberanía ya no la amenaza un desembarco con tanques. La amenaza vuela. Cuesta lo mismo que un celular de gama media y puede desbaratar lo que vale millones. Un dron barato con una carga improvisada no necesita permiso, ni bandera, ni tratado internacional: solo necesita oportunidad. Y si el Estado presume el monopolio de la fuerza, los grupos criminales presumen algo peor: el monopolio de la creatividad. En México ya no se trata solo de sicarios a ras de suelo; se trata de poder aéreo a precio de remate. El país, en ese sentido, está viviendo una guerra moderna con herramientas de mercado: la violencia como emprendimiento y la tecnología como su mejor socio.
Y entonces aparece el segundo golpe: el petróleo venezolano es la cortina, no el escenario. Se habla del crudo como si fuera la joya de la corona, pero el botín real es más grande: es el control energético y mineral de todo el hemisferio. El objetivo no es llenar el tanque de Estados Unidos; es controlar la llave con la que se prende o se apaga el continente. En 2025, con Trump de vuelta y la geopolítica escrita con plumón grueso, la idea de “América para los americanos” se siente menos como frase de museo y más como advertencia. No es intervención por romanticismo democrático: es administración del patio trasero, pero con drones, sanciones, presiones y un discurso que se vende como orden.
La tercera lección es incómoda porque exige humildad: China no está “llegando”, China ya está. Y no solo con discursos, sino con capacidad industrial, con cadenas de suministro, con tecnología, con infraestructura. Mientras Occidente presume artesanía bélica —la máquina perfecta, el arma quirúrgica, el Ferrari de la guerra— China juega a otra cosa: a la cantidad, a la escala, al “hasta el horizonte”. En una guerra larga, gana quien puede fabricar, mover, reparar y sostener. Y en Latinoamérica, eso se traduce en dependencia: no solo compramos productos; compramos piezas de Estado. Seguridad, vigilancia, hardware, software, puertos, carreteras, logística. Y cuando tu seguridad se vuelve importación, tu soberanía se vuelve renta.
De ahí nace un fenómeno que debería escandalizarnos más que cualquier consigna: el clientelismo digital. Antes el cacique regalaba láminas; hoy el poder externo te “regala” tecnología que te vuelve dependiente. Te equipa, te conecta, te vigila. Te promete modernidad y te vende llave en mano. Y tú, Estado latinoamericano, terminas atrapado en la contradicción perfecta: presumes independencia mientras firmas contratos que te amarran. La soberanía ya no se pierde con un golpe de Estado; se pierde con una actualización pendiente.
La cuarta lección tiene olor a historia mal cerrada: derribar a un líder no derriba necesariamente el sistema que lo parió. La euforia dura lo que dura el primer noticiero. Luego vienen los bandos, las cuentas, las venganzas, los “ahora sí me toca”, las milicias con uniforme nuevo, los viejos operadores con discurso reciclado. Hay un patrón que se repite con disciplina: los cambios de régimen empujados desde afuera suelen abrir la puerta a guerras internas. Porque el problema nunca fue solo el dictador, sino el ecosistema que se alimentó de él. Cambias la cara en el póster, pero no cambias la tubería por donde corre el poder.
Y aquí llega la lección más aterradora, la que no cabe en un meme: si el mundo normaliza que un gobierno cae con una incursión quirúrgica, el mensaje para otros autoritarios es una sentencia. “Si quieres sobrevivir, busca la disuasión definitiva.” Y cuando la disuasión definitiva se entiende como arsenal nuclear, el planeta entra a una era donde cada autócrata con paranoia —que suelen ser casi todos— empieza a imaginar la bomba como póliza de seguro. No por ideología, sino por supervivencia. El resultado es un mundo más nervioso, más armado, más propenso al accidente, al cálculo errado, al “se me fue tantito”. Y en esa ruleta, Latinoamérica suele ser la mesa donde otros apuestan.
Lo más cruel de este escenario hipotético es que suena demasiado real para 2026. Porque aquí, en México, también vivimos con esa tensión permanente entre el discurso y el terreno. Entre la “cooperación sí” y el “intervención no”. Entre el Estado que presume control y el crimen que presume adaptación. Entre el gobierno que mide resultados y la gente que mide miedo. Y mientras discutimos si la soberanía se defiende con discursos, el zumbido se vuelve parte del paisaje: un sonido que no pide permiso para existir.
La imagen final no es Caracas celebrando ni Washington presumiendo. Es más simple, más doméstica y por eso más brutal: una noche en cualquier ciudad latinoamericana, alguien apaga la luz para que no lo vean desde afuera. Se queda quieto. Escucha. Y en el silencio, arriba, pasa un zumbido breve, barato, impune. Entonces entiende que el futuro ya llegó… y que venía volando.
